…-viene de la entrada anterior-. “Alcanzar la madurez es aceptar confiadamente la justa utilización de la libertad personal”, nos dice Dürkheim. Existe una frustración inevitable y saber llevarla es parte de nuestro crecimiento. Para el maestro alemán, la verdadera libertad es dar testimonio del SER sobrenatural, para lo cual hay que atravesar antes otros destinos. The only way to get out is to get through, decía Perls. Es preciso pasar a través si se quiere salir. La percepción del Ser lleva consigo un proceso, un viaje. Y ese Ser es el que está relacionado con el Origen. La búsqueda de significado último. La palabra que usa Dürkheim, “justa”, tiene que ver con lo adecuado, con lo que nos acerca a la verdad última. En ese punto la madurez se une con la confianza, con la fe.
Pero, casi siempre, la búsqueda del Origen, la única búsqueda, conlleva el dolor de dejar de lado algo. Algo que está relacionado con el mundo ordinario -“dejadlo todo y seguidme”, dice el Jesús cristiano; no aferrarse a la consecución de los deseos, en la espiritualidad de Oriente-. En el mundo de la terapia/orientación, la madurez conlleva aceptar el presente, por doloroso que sea, recuperar el sentido verdadero de lo cotidiano, el niño interior, el mecanismo espontáneo. Sin embargo, en nuestra cultura, hay confusión entre el control de las emociones y el saber aceptar el dolor. Hay confusión entre la exageración emocional y el adecuado cauce para el dolor. Hay confusión entre la acción adecuada y la que oculta los verdaderos sentimientos. Y los remedios psicoterapéuticos están encaminados a remediar algunos de esos males. Algunos males, tal vez no el principal. Y, con todo, pocos trastornos son tan evidentes como el haber perdido el sentido verdadero, el enlace con nuestra raíz principal. Esa fuente es la experiencia de formar parte. Quienes testimonian su experiencia de integración dejan de lado el temor. Hemos casi dado por supuesto que no resulta posible encontrar un verdadero sentido a esta existencia llena de injusticia, de sufrimiento, de caos. Y que lo más que pudiéramos hacer es poner algunos parches que nos hagan la cosa más liviana mientras vivimos, o esperar un mundo mejor tras el umbral de la muerte.
La cultura actual, enfundada en técnica y progreso, ha dejado esta meta del verdadero sentido en manos de las religiones, o de los profetas o del campo mal llamado esotérico u oculto, en contraposición al exotérico o diáfano. A este pensamiento exotérico le ha sido ligado el campo de la Ciencia, con una mayúscula grande para competir con el Dios esotérico de las religiones y que habitualmente significa el conocimiento logrado con la comprobación sistemática de los datos, mediante la dualidad observador-observado. Y la experiencia sanadora de pertenencia, la experiencia llamada en Occidente mística y en Oriente meditativa, ha sido apartada o relegada del ámbito de la Ciencia. Dejada de lado en el campo de la psicología, como algo que no está enraizado con el dueto polar sufrimiento-felicidad y por tanto, con el así llamado núcleo neurosis-salud.
Sin embargo, sabemos que el sufrimiento es experimentado por la persona, por el así aclamado yo, o auto identificación del sujeto con su cuerpo, pensamiento y emoción. Aunque en Occidente el yo suele caracterizarse por tener / poseer un cuerpo que sufre o padece, como si se tratara de una hacienda de ese yo pensado o pensante. Asentado, o incluso equivocadamente cimentado, en la idea racionalista de “pienso luego existo”. Ahí tenemos a nuestro yo pensándose a sí mismo, inmortalizado por Descartes o por Rodin, en la cultura euro-francesa…Y así hemos pasado años, sino siglos, con-vencidos de que el que no piensa no existe. Y la hipótesis se llegó a convertir en axioma, en Verdad.
Para neutralizar esta imagen, me gusta contraponer la de un burro que contempla un saco de pienso y rebuzna sonriente “pienso luego existo”. Esta caracterización del yo con su pensamiento trae consecuencias en el proceso hacia la salud, hacia la terapia.
Dedicaré dos párrafos a intentar desenmascararlo.
1.- El yo que se piensa a sí mismo… Gurdjieff ironiza con el pensamiento filosófico clásico, aludiendo a su origen. Propone un risible inicio para la Razón: que unos pescadores de la antigüedad griega, no teniendo cosa mejor que hacer, dedicaron su tiempo libre a deducir y a ponderar tratando de encontrar causas y orígenes a las cosas y a la vida… Lo que era un divertimento se confundió con una Verdad inamovible. Como occidental formado en el pensamiento clásico, la primera vez que leí esto me escandalizó, cayendo en la provocación tan afín al creador del Cuarto Camino. Mis estructuras valorativas defendían las virtudes del razonamiento y de la deducción como algo parecido a las proporciones del arte clásico: inamovibles e intangibles.
Sin embargo, por encima de estas encendidas defensas de la inmutable Constitución helenística -que sin duda despertarían entusiasmos en no pocos políticos-, hay algo que Gurdjieff medita y nos hace meditar. La Realidad difícilmente puede ser deducida, por no decir que es imposible. Al igual que otras corrientes espirituales, nos quiere dejar claro que el hombre tri-cerebrado -como se refiere al humano- ha confundido las cosas. Ha tratado de teorizar incluso aquello que debe ser aprehendido con la experiencia directa y hacia la que el pensamiento aristotélico no puede, ni debe, ser dirigida. El órgano o instrumento del pensamiento no sirve más que para lo que sirve. Es un triunfo de la evolución del Universo, a través de lo humano. Y sólo eso. Para Gurdjieff, irónicamente, es el producto de una equivocación en la creación del hombre, que requirió la implantación de un órgano compensatorio, el kundabuffer. Es necesario darse cuenta de lo sucedido para poder reencontrar el verdadero sentido. Fabricarse un alma según sugiere, pues el darnos cuenta no nos viene garantizado por el mero hecho de nacer.
Recuerdo haber leído -en Campbell- que Santo Tomás de Aquino, aristotélico de pro, abandonó la redacción de su Summa Teológica tras una enfermedad, mediante y a partir de la cual tuvo una experiencia directa de la Suprema Realidad -entendida como Dios-. A partir de ahí, el inocente Tomás no quiso volver a escribir acerca de Dios, ni a tratar de encontrar caminos racionales que demostrasen sus existencia. Nos legó las Cinco Vías juiciosas que quieren probar Su realidad y después las dejó de lado, a favor de otra que no es lógica: la experiencia de lo divino. Así entonces, esta armonía, trastocada aparentemente por el hecho existencial, puede ser recuperada. Aunque el Hombre, empeñado en la localización de los problemas cotidianos, ocupado del ordenamiento de la economía, de la política, de la mente, de la seguridad personal, ha olvidado su auténtico origen y destino. Y en este olvido radica el fundamento de los problemas de la mente, incluidos los llamados psicológicos.
2.- Problemas psicológicos y karma. El pensamiento oriental, particularmente el difundido a través del hinduismo y sus variantes, parte de la premisa de que el Hombre, individual y colectivo, es consecuencia de sus actos pasados. Perls relaciona esta consecuencia con la estructura del argumento vital. Y, en esto, argumento tiene que ver con rigidez, con dificultad para adaptarse. Tanto el argumento como el hilo conductor de nuestro pasado-futuro pueden denominarse karma o destino. El pasado, como tal, está encaminado a un futuro, consecuencia de lo anterior. Por ello, la posibilidad de cambio está en el presente, mediante el trabajo para conocer la acción adecuada. Puesta en acción, la acción apropiada dará fruto y será germen hacia la realización o verdadera naturaleza. En definitiva, hacia la consecución del karma y por tanto, a no tener que “reencarnar” en nuevas y repetidas acciones neuróticas. Dicho en términos occidentales, a no dar origen a un nuevo ser atado por la pesadumbre de su pasado que, inevitablemente, se encamina hacia un futuro dormido y sin posibilidad de salir de la rueda del sufrimiento. Una transformación o adecuación del argumento vital, en términos de Perls. La posibilidad de terminar, o de cerrar, los círculos de experiencias pasadas -y pesadas- libera la energía hacia el presente. Podemos percibirlo en términos kármicos o en términos gestálticos.
En la medida en que nuestra experiencia de vida se adecua, o va adecuando, al presente, que no dejamos nuevos círculos sin cerrar mediante la atención al aquí y ahora, vamos logrando desenredar el karma y reorganizando el argumento de vida. Vida que es, en sí misma mutable y cambiante, y que precisa de este darse cuenta en cada instante. Un darse cuenta interno y externo. Siguiendo a Perls, lejano de la fantasía o “campo intermedio”. La vida entonces se convierte en un constante presente. En fluir con la experiencia sin juicio. Estamos cerca de percibir el Origen, el Ser.
Puedan los dos párrafos anteriores dar lugar, consecuentemente, a este tercero:
3.- Terapia y reencuentro con el origen. En ocasiones, me refiero al proceso de la terapia bajo el concepto de los tres segmentos. En el sentido de que, si el primero suele afectar a los síntomas, el segundo se refiere a los problemas/sustratos psicológicos profundos. Según modelos, orientaciones y terapeutas estos segmentos se trabajan coordinadamente o de forma separada.
Ahora bien, lo que quiero expresar es que antes, durante o después del proceso, en algún momento el fundamento más profundo de la terapia acaba siendo el encuentro con el Origen. Y que en ese olvido, negación o desvío se encuentra al problema esencial, la verdadera búsqueda de todo ser humano. En algunos se manifiesta más abiertamente que en otros. Pero siempre habrá de estar presente. Y cuanto más cercano esté el terapeuta/orientador de la experiencia propia, más inequívoca será la confianza en su paciente y más cercana la relación.
Salvadas las distancias que haya que salvar, el terapeuta-Virgilio puede llevar a su paciente-Dante a las puertas del Ser.
Miguel Albiñana