La biografía corporal

El abordaje terapéutico corporal comenzó a principios del siglo XX de la mano de Reich, Lowen, Fedelkrais, Pierracos, Mott, Stanley Keleman, Gerda Boyen, Thorpe y Boadella entre otros. Consiste en facilitar a la persona una adecuada reorganización de su energía vital por medio del moviafroditamiento y la detección, concienciación y movilización de sus bloqueos corporales. De esta manera, la persona consigue mejorar la integración de su experiencia de vida a nivel psíquico y corporal.

En un estado de salud adecuado, todos esos procesos se producen rítmicamente, es decir, son experiencias agradables. En todas las neurosis y psicosis esos procesos rítmicos de libre flujo están considerablemente perturbados debidos a tensiones musculares crónicas.

La energía se dirige hacia tres direcciones:

1. Enraizamiento o capacidad de actuar.
2. Centramiento, que incluye las emociones y los sentimientos.
3. Contacto con uno mismo y con el otro, regida por el área de los pensamientos y los sentidos.

Casi todas las personas adaptadas inadecuadamente viven como en un estado de permanente alerta; los procesos normales de autorregulación han dejado de funcionar y necesitan estímulos o ayuda externa. Para ello es necesario investigar y comprender dónde está el bloqueo y de qué forma se ha convertido en algo crónico.

Los patrones de tensión del cuerpo pueden verse como la historia congelada de la persona. Es muy importante observar la respiración, ya que el equilibrio entre la inhalación y la exhalación es también el equilibrio entre la contención emocional y la descarga emocional. En el curso del tratamiento, cuando las emociones bloqueadas se liberan y los músculos tensos ceden en su función defensiva, aparecen movimientos espontáneos en los músculos.

Podemos saber si algo es bueno si nos sienta bien. Cuando escuchamos al cuerpo podemos saber cuando deseamos estar solos o acompañados, cuando queremos dormir, andar, comer… En cierta forma todos estamos separados de nuestro cuerpo, es decir, nos “pensamos” creyendo que nos “sentimos” (pienso que estoy cansada, siento que ayer me callé demasiado…). La represión de la sensualidad, del contacto directo de todos los sentidos con nuestra conciencia es un factor mucho más importante en la vida de las personas y la racionalidad limita el campo de acción de la visión y el oído que están a su servicio. Oímos voces, no oimos los tonos; oímos el ruido de los motores y como no nos dicen nada olvidamos cómo escuchar melodías encantadoras y el timbre alegre o triste de las voces de la gente.

El proceso de re-conocer el cuerpo es apasionante. Escuchar el sonido del corazón cuando bailo una canción que me gusta, sentir la suavidad de los pétalos de una rosa, la alegría contagiosa de una risa que sale de dentro…

Apasionante porque cualquier persona lleva dentro un ser con una creatividad inmensa. Me emociona ver a una persona triste que por fin puede liberar las lágrimas y tras ellas llega otra emoción, otro estado. El miedo a quedarnos “congelados” en una determinada emoción (generalmente ira, miedo, tristeza) impide vivir de forma creativa y bloquea al cuerpo. El famoso estrés parece ser el cajón de sastre donde todo cabe: frustraciones reprimidas, duelos inconclusos, falsas alegrías y miedos ocultos entre otros. Sin embargo, por mi experiencia, el estrés es un importante detector que indica que algo no va bien. Cuando el cuerpo no se “siente” respetado toma el poder y algo sucede; puede mostrarse en forma de pocas ganas de vivir y escasa energía, excesiva agresividad, tensiones lumbares, cervicales o pélvicas, sensación de rigidez… Por ejemplo, si dejo que mi hombro hable me entero de mi exigencia interna, del sobreesfuerzo, del bloqueo emocional que estoy viviendo y tomo conciencia de que es tiempo de “revisar” hábitos físicos, emocionales y mentales para sentirme mejor conmigo y desde ahí conectar con los demás de una forma auténtica.

Personalmente no creo en los procesos catárticos sino en el acompañamiento suave y delicado a través de la música, la plástica -pintura, plastilina, arcilla, collages…- y el teatro. Este trabajo me permite disfrutar de la belleza que surje cuando la persona conecta consigo misma y lo expresa a través de su cuerpo que para mí es una obra de arte y como tal, amoroso, confiable y lleno de tesoros. Para mí, estar viva es un privilegio.

Coincido con Lowen en que el problema central de la terapia consiste en restaurar la fe perdida del individuo. Para ello se ha de prestar atención al modo en que la persona construye su espacio vital u organiza su tiempo vital y el trabajo del terapeuta es ayudar a que encuentre su esencia para que surja la energía curativa, la creatividad.

Inés López Pachón

Publicado en bloqueos, creatividad, estrés, expresión corporal, psicoterapia | Deja un comentario

la vergüenza

La vergüenza, entendida como una turbación del ánimo ocasionada por alguna falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena, ha sido y es una de mis compañeras de camino en la vida. También, en otros momentos, la he sentido más como un encogimiento o cortedad para expresar, pedir o llevar a cabo cualquier cosa.

Reconozco la vergüenza como un legado de mi familia materna. La reconozco en mi madre como un rasgo definitorio de su carácter y de ella nos ha llegado a mí y a mis hermanos, siendo los menos orgullosos de nosotros los que más la hemos padecido. Y es que la historia familiar de mi madre, sus hermanos, padres y abuelos, es abundante en casamientos de conveniencia, pequeños capitales perdidos por mala o inexistente gestión, abuso de alcohol en los varones y sobre todo por la competencia y la soledad que era el sello de la casa. No fue así en mi familia paterna que, mucho más humildes en todos los sentidos, siempre cerraron filas frente a los demás y formaron un núcleo familiar amoroso y protector donde en lugar de competir se apoyaban unos a otros.

Empero, ya pocos podrían decir que soy vergonzoso. Quizá en alguna ocasión me turbo un poco, llevando la mirada al suelo y sintiendo rubor en las mejillas. Poco a poco ha ido remitiendo, al mismo tiempo y en la misma proporción en que he empezado a sentir el apoyo y respeto propio y el de los demás, pudiendo zafarme de muchos juicios míos e ignorando -con más o menos éxito- los juicios ajenos o, simplemente, dejando de pedir permiso a cualquiera para hacer o decir lo que quiero. Desde que estoy más conmigo estoy menos solo y siento menos vergüenza.

No en pocas ocasiones, el cine y las novelas me han mostrado cómo caracteres distinguidos por sus convicciones morales o cierta rigidez, así como personajes apocados o vergonzosos, en determinadas circunstancias, estando contra las cuerdas, se deshacen de su máscara y en un acopio de lucidez y de fuerza, llevan a cabo cualquier cosa que hubiese sido impensable en otro momento. O bien, sin pudor ni consideraciones de ningún tipo, son capaces de revelar un secreto guardado durante años, olvidando la vergüenza que le producía e incluso sintiendo cierto placer al hacerlo. Y es que cuando alguien toma su lugar, sin buscar más apoyos fuera que el que ya uno mismo se da desde dentro, el poder que se siente es muy placentero. Desaparece la sensación de soledad al entrar en contacto el personaje con su misma esencia. Uno se convierte en la mejor compañía de uno mismo.

A algunas personas esto les llega simplemente por la edad. Es cuando escuchas eso de “a mis años que más me da”. Con muchos años encima, seducir al otro o necesitar de su apoyo, puede dejar de ser importante. Ser lo que se es, sin más ropajes, ofrece una suerte de tranquilidad que en algunos momentos de la vida, en especial, cuando llega la hora de hacer cuentas, se hace más que necesario.

Así fue que, en un día de verano que pasé en casa de mis padres, mi madre anciana, ya de madrugada, hablando de su pasado y del de su familia nos reveló, a mi hermana y a mí, una serie de secretos familiares que nos sorprendieron sobremanera. Volví a escuchar muchas historias repetidas y, sin embargo absolutamente distintas, ya que aportó detalles nuevos que lo cambiaban todo dándome cuenta que su afición por dulcificar lo contado había desaparecido. Ya no necesitaba nuestra aprobación, ella misma se aprobaba y nos permitió acercarnos a ella y a su historia con amor.

José Antonio Prieto

Publicado en apoyo y confrontación, historia familiar, secretos de familia, soledad, vergüenza | 2 comentarios

En busca de lo genuino. apoyo y confrontacion II

…(viene de la entrada anterior).  Durante largos años aprendí, en mi propio proceso de terapia y después como alumno, de un terapeuta particularmente confrontativo. Creo que quien no le conoció totalmente, puede llegar a pensar que Guillermo G. Borja Memo ponía permanentemente de manera enfática o aún “violenta” la falsedad delante del paciente, desde el primer momento, en cualquier ocasión. Sólo era así en parte. Como terapeuta era muy apoyador. Utilizaba su personalidad como instrumento de sanación. También daba mucha cabida a que la persona marcara el ritmo de su propio proceso. Personalmente, recuerdo con satisfacción el silencio y la escucha con el que acompañaba simplemente algunas entrevistas. Le gustaba destacar el sentimiento de pudor como modo de encarar la resistencia de la persona a atravesar la barrera emocional. Pudor -la palabra más cercana es respeto o sensibilidad- tiene que ver con la facilidad para percibir hasta donde el paciente puede llegar, en cada momento, en su viaje por el dolor, el miedo, la vergüenza… A veces, tras una sesión, tengo la percepción que la persona se va tocada, adolorida. Y que ese es límite hasta donde hemos podido llegar en ese encuentro. No cabe curación ni restablecimiento ahora. Primero se ha de vivir la experiencia dolorosa. Ese es el respeto pudoroso. Así por ejemplo, tras haber experimentado la frustración de una negativa o la constancia de una maltrato infantil. Primero constatarla herida. La curación llega a su tiempo. El terapeuta sabe y confía en que la persona vuelve y, en próximo o lejana sesión, retomará y cerrará el círculo gestáltico. Irá atravesando los terrenos desérticos o pantanosos, sus propias sombras. Mientras tanto, el paciente encuentra refugio en la actitud de apoyo y acogida de su terapeuta. En esos momentos, me anima recordar que la neurosis “no es una cuestión de defectos personales sino, principalmente, un problema de atención” -Kopp-: de observación desde el presente, cada vez que es posible, de lo que cada uno es. No de lo que le falta para llegar a ser.

Por eso es tan relevante cimentar la relación de confianza antes de entrar en aguas profundas. El cliente sabe -y el terapeuta está alerta para saber- cuando soltar amarras en cada ocasión. Como zambullirse en la emoción de la vivencia inconclusa. Su compañero/a de viaje -el terapeuta- tendrá tiempo de advertirle de las maneras en que puede estar evitándolo. No deja de estar consciente de lo que a sí mismo le pasa, para utilizarlo eventualmente de forma transparente en provecho de su cliente.

Al principio del proceso, las sesiones se suelen centrar más en el contenido, en lo que se dice. Es preciso dejar un tiempo para que sepamos de qué se trata. Es momento de afianzar la relación. A mí me gusta insistir y destacar la necesidad de entender lo que se me dice y que la persona me diga que se siente comprendida. Utilizo particularmente la empatía bajo la forma de reformular y de reestructurar lo dicho y recapitular. Poner en claro, sin tratar de añadir nada. Énfasis en el contenido más que en la forma. Permitir que salga más “material”. Esta palabra, tomada del psicoanálisis, se refiere a las vivencias o experiencias de contenido no siempre accesible a la conciencia. La actitud de escucha me recuerda el silencio activo con que la niña Momo -Kopp- atendía a los que le pedían ayuda. Como ayudador, es un reto poder simplemente estar, atender, sin tener que hacer; y hacer sentir que estoy.

Es posible que la sola empatía, el saberse entendido, tenga grandes efectos transformadores, liberadores. Carl Rogers estuvo ahí para probarlo, con su aceptación incondicional y el convencimiento de que la persona tiene en sí misma el poder de su propia curación. Tuve ocasión de verle trabajar ya en sus últimos años. Su personalidad, su humanidad eran imponentes. La simplicidad y la bondad que reflejaba desarmaba, desmontaba por sí misma la máscara, desvelando la necesidad de amor contenida, frustrada, reprimida. En realidad, quienes hemos estado en ese tipo de proceso (yo lo quise realizar como requisito universitario a estudios de enfoque rogeriano), sabemos que es por sí misma confrontativa. La vivencia genuina de la empatía y de la aceptación incondicional nos puede poner de frente a lo falso, a lo no genuino. A partir de ahí nos empuja a aventurarnos en una nueva actitud.

Sin embargo, bien porque no para todos funciona, bien porque cada terapeuta se adapta a un modelo que, en cada momento de su vida, se adecua y se va afinando, existen otras posibilidades. Otras formas de encarar el proceso. Otros mapas. Observamos cómo, llegado el momento, la mera reformulación no desbloquea el proceso. Podemos llegar, en nuestro acompañamiento, a un impasse, a un callejón sin salida. El proceso se detiene. Es preciso poner ahora más atención en el cómo. En la forma. Puede ser momento de confrontar, de estar “de frente con” la persona. En la confrontación, el terapeuta distingue entre lo que es expresado y como se formula y así se lo señala al paciente. El tono de voz, la expresión corporal, la mímica, los sueños o ensoñaciones, los lapsus… Esas expresiones menos o nada conscientes permiten poner ante el paciente su propia incongruencia, lo falso, las “resistencias” o “defensas” que le impiden entrar en las emociones o sensaciones auténticas, genuinas o espontáneas que están envueltas o disdfrazadas en miedo, rabia, vergüenza.

La psicoterapia moderna debe a Wilhem Reich la atención que hoy ponemos en como se expresa y cual es la actitud corporal correspondiente a lo que se aparenta decir. En su Análisis del carácter considera que: “Primeramente el paciente ha de darse cuenta de qué se defiende posteriormente, como lo hace y, finalmente en contra de qué” W. Reich. De acuerdo con el tipo de carácter, corresponde un tipo de actitud, de “análisis”. Para Reich, según su tipología caracterológica, habrá que deslindar si se trata de “obsesivos”, “histéricos”, “psicopáticos” u otros. Si seguimos el mapa del Eneagrama, la actitud de confrontación ante un “perfeccionista” sería distinta que ante un “hedonista charlatán” o un “aislado” etc. En Gestalt, observamos si el entrevistado está racionalizando o proyectando o confluyendo…La devolución y la herramienta utilizada puede ser diferente. La meta es alcanzar la expresión auténtica reprimida. El obstáculo:

“Para curar debo pasar por los demonios de la muerte. Me sumerjo y camino por abajo. Puedo buscar en las sombras y el silencio. Así llego donde las enfermedades están agazapadas, viendo como el lenguaje cae; vienen de arriba, como pequeños objetos luminosos que vienen del cielo. El lenguaje cae sobre la mesa sagrada y cura”.

Este texto es de María Sabina, chamana oaxaqueña, de la que aprendió particularmente el Dr. Salvador Roquet. Si leemos entre líneas el posible significado psicológico del texto. La muerte -la falta de amor- refleja los temores y ansiedades por los que la persona ha de pasar en su proceso hacia el autoconocimiento. Abarca el miedo a la locura o pérdida de control de los mecanismos racionales. “Sumergida y caminando por abajo” del lenguaje consciente, del temor, vamos acompañando la aparición de lo reprimido, poniéndolo en escena. Ese miedo incluye las “sombras y silencio” con las que el bebé, la niña, el ser humano, ha sido atenazado a lo largo de generaciones. Allí están infiltradas las “enfermedades”, las pasiones eneagrámicas, la coraza del carácter, el miedo a vivir lo propio, la represión del amor. Pudiéramos decir, en psicoterapia, que “el lenguaje” es la adecuada relación entre paciente y terapeuta. Lleva consigo el desbloqueo de las capacidades internas y externas. Atañe primordialmente al paciente. Pero acaba implicando a ambos. Aprendemos de los pacientes, aún cuando ese no sea el objetivo. Para Sabina, el “lenguaje” lo inducen los hongos sagrados -la “carne de los dioses”- en quien nace para ser sabio. Es el Lenguaje, la comunicación por excelencia. De esta manera, los “pequeños objetos luminosos”, la intuición y sensibilidad que ponemos en la relación, vienen de algo más allá de nuestra técnica, “vienen de arriba”, “vienen del cielo”, son un don, un cierto tipo de gracia que se puede desarrollar. Finalmente, podemos denominar la “mesa sagrada” al marco de nuestra relación terapéutica, lo que técnicamente llamamos “encuadre”. La relación terapéutica, en un encuadre adecuado, “cura”.

En definitiva, la relación terapéutica, el proceso a lo largo de sus diversas etapas, va a destapar los velos de la realidad presente. Realidad individual, en un marco social, planetario, existencial. Todo un viaje para recuperar la confianza perdida o tal vez ni siquiera iniciada.

“No se puede establecer la confianza diciendo simplemente: Te escucho. Te comprendo. Te cuido. Lo que permite al paciente experimentar el ambiente nutricio al que puede desembocar el proceso terapéutico no es lo que digo sino lo que hago. Eso depende totalmente de lo amoroso que sea el trato que doy a la persona”. María Sabina.

Miguel Albiñana

Publicado en apoyo y confrontación, psicoterapia | 1 comentario

En busca de lo genuino. Apoyo y confrontación

Memo“Ahora empiezo a aceptar los aspectos alternativamente rompedores de Kali, tanto en mí mismo como en mi vida. Como la propia vida soy a ratos destructor, a ratos nutridor, salvaje y domesticado, solitario y comunitario. Estos aspectos incomprensiblemente contradictorios de mi personalidad son tan irresolubles como los tiempos difíciles y los fáciles que constituyen el círculo quebrado de mi vida” S. Kopp

El objetivo principal de un proceso terapéutico es el de que la persona llegue a ser capaz de convivir con su realidad de la manera más objetiva posible. Capacidad de responder con creatividad a su quehacer -particularmente en el trabajo- como forma de integración social y al contacto con los demás -con su pareja, con su círculo de amistades-, con espontaneidad y disponibilidad dentro de sus límites individuales. Freud llamó a esto la capacidad para amar y trabajar (lieben und arbeiten).

La psicología contemporánea ha añadido el factor transpersonal o posibilidad de entrar en un proceso de comprensión y vivencia del lugar que la persona ocupa en el, en su Universo. Se trata de ir más allá de los problemas individuales, incluso familiares y sociales. El ser bio-psico-social con énfasis en el bío, en el sentido de la vida, no sólo en el cuidado del cuerpo. La psicología de Erich Fromm y el amor como agente principal de curación; el factor existencial que, la así llamada psicología humanista, ha potenciado como espacio terapéutico y representado entre otros por Victor Frankl; Abraham Maslow y su pirámide de prioridades, Carl Rogers con la terapia enfocada en el cliente y Fritz Perls con su encuadre centrado en el aquí y ahora son, desde finales de los sesenta pioneros de este punto de vista.

Sin embargo, aún cuando la persona que acude a consulta lo hace en el entendimiento que quiere, que necesita, cambiar algo en su vida, ese cambio es algo desconocido. Es, sobre todo, una petición de ayuda. Un SOS más o menos urgente. Pero que exige algo. Ese algo que el terapeuta conoce principalmente a través de su propio proceso personal: de su experiencia de vida y de su experiencia como paciente. De su mano, el que llega ha de entrar en un terreno desconocido y no pocas veces doloroso, sumergido en sus experiencias ya vividas y en el arraigo de su estructura de carácter. Para no afrontar el cambio, para no entrar en el dolor que ello supone, el carácter “opone” las resistencias más o menos conscientes. Algo así como decir “quiero cambiar, a condición de no perder nada” o “cámbiame tú, que yo no puedo, no sé, no conozco”. Al aparente deseo de cambio, la vivencia neurótica contrapone lo que, desde Freud, se ha venido llamando “mecanismos de defensa”. Frente al dolor, se puede añadir. Acostumbrado al sufrimiento conocido, el dolor desconocido produce esa lucha entre resistencia y transformación.

En el encuentro entre terapeuta y paciente se van produciendo vivencias, que pueden permitir al segundo ir entrando en ese terreno desconocido, a veces árido, a veces pantanoso, a veces turbio, o doloroso o inexplicable. Solamente la relación de confianza que se va produciendo entre ambos, permite al paciente adentrarse en esas profundidades. Por debajo de lo que el cliente cuenta, el terapeuta experto sabe destacar lo automático, lo rígido, lo “neurótico”. Conducta, pensamiento, emociones inadecuadas al tiempo y/o al espacio. Mediante la relación de confianza que se va produciendo y de las “técnicas” de que dispone le ayuda a ir aflojando las resistencias. Se trata de ir liberando más espontaneidad, aceptación, optimismo, adaptación a la realidad, por dura que pueda resultar. Aún cuando cada persona es única y particular, sabemos que, a lo largo del proceso, habitualmente se pasan etapas, más o menos largas, según se haya formado el carácter. Porque lo hemos leído, porque nos lo han contado, porque lo hemos vivido.

Entre esas “técnicas” o herramientas terapéuticas se encuentran -entre otras, según los mapas- la reformulación, la recapitulación, la interpretación … Cada sistema psicoterapéutico, aún utilizando todas o más de una, particulariza alguna que le es más peculiar. A veces, se habla de terapias de “apoyo” o de “confrontación”. En realidad, apoyo y confrontación dependen de como se utilice la técnica y la personalidad original del terapeuta. Quiero decir que la calidez, la distancia, la ironía, son sanadoras y pueden ser apoyadoras o confrontativas. Al psicoanálisis se le atribuye más énfasis en la interpretación. Al sistema de Orientación de Rogers el apoyo empático, al conductismo el reforzamiento, a la Gestalt se la conoce con frecuencia como una terapia de base confrontativa muy influida por el terapeuta. La misma personalidad de su creador, de Fritz Perls, parece llevar consigo este rasgo.

Conociendo el encuadre gestáltico sabemos que esa es una generalización y, como todas ellas, sobrepasa la realidad. Cada terapeuta, con independencia de su orientación, tiene además una herramienta favorita, adaptada a su forma de ser y, como experto, sabe cómo y cuándo aplicar esa herramienta.

Al igual que el analista sabe que una “interpretación” prematura puede frenar, si es que no hacer naufragar un proceso, un gestaltista sabe que una “confrontación” prematura puede tener similares consecuencias según como, cuando y con quien se haga. Hay que añadir, según y quien la haga. La personalidad del terapeuta juega un papel esencial en la relación sanadora. La transparencia es un factor a tener en cuenta en el proceso. Y queda claro que la intervención transparente no significa hacer lo que se viene en gana, sino que presupone la capacidad del terapeuta para reflejar desde sí mismo lo que sucede en el aquí y ahora. Tomándose en cuenta como persona, como ser humano, no únicamente como “experto”. Pero, al igual que cualquiera de las dotes o cualidades del terapeuta, es un don que se ejercita, que se practica. A mayor seguridad y confianza, según podemos ir comprobando con colegas y pacientes, la transparencia es mayor. Puede haber quien la llega a confundir con ostentación, más o menos narcisista. Y, en todo caso, lejana a la meta terapéutica que es, como bien sabemos, que el paciente logre el objetivo de recuperar sus potencialidades. Por defecto, la falta de transparencia a lo largo del proceso puede entorpecer la plena recuperación de la libertad del paciente. Envuelto en su halo de misterio o de poder, el terapeuta permanece inasequible a su propia humanidad. La relación con su cliente permanece en el ámbito ideal y no real. Y es alcanzar la realidad el objetivo, la meta que queremos lograr y que no podemos olvidar.

El sutil equilibrio entre la necesidad de idealización del paciente y la transparencia del terapeuta es un juego, un arte que se va perfeccionando con la práctica…continuará

Miguel Albiñana.

Publicado en apoyo y confrontación, gestalt, psicoterapia, transparencia | Etiquetado | Deja un comentario

El dilema del bien individual y el bien colectivo

El dilema del bien individual y el bien colectivoEn ocasiones una palabra nueva en nuestro vocabulario nos ayuda a interpretar nuestra realidad. Esto es lo que me ha sucedido a mí recientemente gracias al concepto acuñado por Jose Antonio Marina, “inteligencia social”. Ha sido maravilloso ver cómo en mi mente se entrelazaban cobrando un sentido pensamientos pasados que hasta ahora iban por caminos separados, y no se integraban tal como pasa con el agua y el aceite. Así, desde hace tiempo me venía inquietando la coexistencia de la cultura, la educación, el deseo de superación y la inteligencia por un lado y por otro la mezquindad, el agotamiento de los recursos ambientales, el individualismo que roza en ocasiones el egoísmo en las sociedades occidentales.

Estas contradicciones pueden tener relación con el pensamiento filosófico o la visión del ser humano que cada uno tenemos; ya sea más cercana a la de Rousseau con su optimismo sobre la naturaleza del hombre “el hombre es bueno por naturaleza” y aquellos que le siguieron como los psicólogos Abraham Maslow y Carl Rogers como principales exponentes de la psicología humanista, o bien más cercanos a Thomas Hobbes, con su “el hombre es un lobo para el hombre” quien consideraría que el ser humano estaría en constante guerra con el fin de la autoconservación, por lo que se necesitaría el contrato social y la creación de leyes que nos gobernasen.

Como decía, dependiendo de nuestra visión del ser humano y por lo tanto de la confianza que tengamos en el otro, nos enfrentaríamos al juego del dilema del prisionero con una u otra respuesta. Explicado brevemente el dilema del prisionero es un juego que se da en muchas situaciones de la vida real en la que existe la posibilidad del “todos ganan” o bien la del “yo gano más y tu pierdes”, y del que se deducen dos importantes corolarios:

- La mejor decisión basada en el criterio individual o egoísta es opuesta a la decisión    basada en el criterio conjunto o del bien común

-  La decisión conjunta o de bien común implica la pérdida real de una posible ganancia.

Como es suficientemente complejo para exponerlo en este artículo sugiero el siguiente enlace para aquellos que estéis interesados.

Así podría ser que si somos del “equipo de Rousseau” optaríamos por cooperar para obtener el máximo beneficio común, ya que confiaríamos o querríamos confiar en que el otro no nos haría una jugarreta, sin embargo si somos del “equipo de Hobbes” y desconfiamos de la esencia del otro ser humano, intentaremos sacar nuestro máximo beneficio independientemente de si el otro pierde o no.

Pero esto, tal y como explica en su libro J. A. Marina no tiene que ver con la inteligencia individual, sino que va directamente asociado a la inteligencia social que muestre la persona.

En nuestra sociedad, alcanzar un objetivo personal a pesar de que el otro pierda es considerado como un rasgo de inteligencia. Y al contrario, una persona que opta por el bien común será considerado como un buenazo, pero desde luego no siempre como inteligente, aunque su inteligencia social posiblemente sea mayor que en el primer caso.

Además de la inteligencia emocional que en los 90 popularizó Daniel Goleman -la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, y la habilidad para manejarlos- y que complementa la inteligencia más puramente cognitiva con los aspectos interpersonales, emocionales y motivacionales, ahora completamos el abanico con el concepto de inteligencia social -capacidad que tiene una sociedad para resolver los problemas sociales, creando capital social y ampliando las posibilidades vitales de sus ciudadanos – presentándose este último concepto como una oportunidad para mejorar nuestra adaptación al entorno y poder llegar con éxito a la integración del bien individualidad y el bien colectivo.

“Los individuos egoistas tal vez aventajen a los altruistas en el interior de los grupos, pero los grupos altruistas aventajan a los egoistas” Edwuard E. Wilson

Silvia Diana Jens.

Publicado en dilema del prisionero, inteligencia social | Etiquetado | Deja un comentario

Más allá del trastorno del carácter II

…-viene de la entrada anterior-. “Alcanzar la madurez es aceptar confiadamente la justa utilización de la libertad personal”, nos dice Dürkheim. Existe una frustración inevitable y saber llevarla es parte de nuestro crecimiento. Para el maestro alemán, la verdadera libertad es dar testimonio del SER sobrenatural, para lo cual hay que atravesar antes otros destinos. The only way to get out is to get through, decía Perls. Es preciso pasar a través si se quiere salir. La percepción del Ser lleva consigo un proceso, un viaje. Y ese Ser es el que está relacionado con el Origen. La búsqueda de significado último. La palabra que usa Dürkheim, “justa”, tiene que ver con lo adecuado, con lo que nos acerca a la verdad última. En ese punto la madurez se une con la confianza, con la fe.

Pero, casi siempre, la búsqueda del Origen, la única búsqueda, conlleva el dolor de dejar de lado algo. Algo que está relacionado con el mundo ordinario -“dejadlo todo y seguidme”, dice el Jesús cristiano; no aferrarse a la consecución de los deseos, en la espiritualidad de Oriente-. En el mundo de la terapia/orientación, la madurez conlleva aceptar el presente, por doloroso que sea, recuperar el sentido verdadero de lo cotidiano, el niño interior, el mecanismo espontáneo. Sin embargo, en nuestra cultura, hay confusión entre el control de las emociones y el saber aceptar el dolor. Hay confusión entre la exageración emocional y el adecuado cauce para el dolor. Hay confusión entre la acción adecuada y la que oculta los verdaderos sentimientos. Y los remedios psicoterapéuticos están encaminados a remediar algunos de esos males. Algunos males, tal vez no el principal. Y, con todo, pocos trastornos son tan evidentes como el haber perdido el sentido verdadero, el enlace con nuestra raíz principal. Esa fuente es la experiencia de formar parte. Quienes testimonian su experiencia de integración dejan de lado el temor. Hemos casi dado por supuesto que no resulta posible encontrar un verdadero sentido a esta existencia llena de injusticia, de sufrimiento, de caos. Y que lo más que pudiéramos hacer es poner algunos parches que nos hagan la cosa más liviana mientras vivimos, o esperar un mundo mejor tras el umbral de la muerte.

La cultura actual, enfundada en técnica y progreso, ha dejado esta meta del verdadero sentido en manos de las religiones, o de los profetas o del campo mal llamado esotérico u oculto, en contraposición al exotérico o diáfano. A este pensamiento exotérico le ha sido ligado el campo de la Ciencia, con una mayúscula grande para competir con el Dios esotérico de las religiones y que habitualmente significa el conocimiento logrado con la comprobación sistemática de los datos, mediante la dualidad observador-observado. Y la experiencia sanadora de pertenencia, la experiencia llamada en Occidente mística y en Oriente meditativa, ha sido apartada o relegada del ámbito de la Ciencia. Dejada de lado en el campo de la psicología, como algo que no está enraizado con el dueto polar sufrimiento-felicidad y por tanto, con el así llamado núcleo neurosis-salud.

Sin embargo, sabemos que el sufrimiento es experimentado por la persona, por el así aclamado yo, o auto identificación del sujeto con su cuerpo, pensamiento y emoción. Aunque en Occidente el yo suele caracterizarse por tener / poseer un cuerpo que sufre o padece, como si se tratara de una hacienda de ese yo pensado o pensante. Asentado, o incluso equivocadamente cimentado, en la idea racionalista de “pienso luego existo”. Ahí tenemos a nuestro yo pensándose a sí mismo, inmortalizado por Descartes o por Rodin, en la cultura euro-francesa…Y así hemos pasado años, sino siglos, con-vencidos de que el que no piensa no existe. Y la hipótesis se llegó a convertir en axioma, en Verdad.
Para neutralizar esta imagen, me gusta contraponer la de un burro que contempla un saco de pienso y rebuzna sonriente “pienso luego existo”. Esta caracterización del yo con su pensamiento trae consecuencias en el proceso hacia la salud, hacia la terapia.

Dedicaré dos párrafos a intentar desenmascararlo.

1.- El yo que se piensa a sí mismo… Gurdjieff ironiza con el pensamiento filosófico clásico, aludiendo a su origen. Propone un risible inicio para la Razón: que unos pescadores de la antigüedad griega, no teniendo cosa mejor que hacer, dedicaron su tiempo libre a deducir y a ponderar tratando de encontrar causas y orígenes a las cosas y a la vida… Lo que era un divertimento se confundió con una Verdad inamovible. Como occidental formado en el pensamiento clásico, la primera vez que leí esto me escandalizó, cayendo en la provocación tan afín al creador del Cuarto Camino. Mis estructuras valorativas defendían las virtudes del razonamiento y de la deducción como algo parecido a las proporciones del arte clásico: inamovibles e intangibles.

Sin embargo, por encima de estas encendidas defensas de la inmutable Constitución helenística -que sin duda despertarían entusiasmos en no pocos políticos-, hay algo que Gurdjieff medita y nos hace meditar. La Realidad difícilmente puede ser deducida, por no decir que es imposible. Al igual que otras corrientes espirituales, nos quiere dejar claro que el hombre tri-cerebrado -como se refiere al humano- ha confundido las cosas. Ha tratado de teorizar incluso aquello que debe ser aprehendido con la experiencia directa y hacia la que el pensamiento aristotélico no puede, ni debe, ser dirigida. El órgano o instrumento del pensamiento no sirve más que para lo que sirve. Es un triunfo de la evolución del Universo, a través de lo humano. Y sólo eso. Para Gurdjieff, irónicamente, es el producto de una equivocación en la creación del hombre, que requirió la implantación de un órgano compensatorio, el kundabuffer. Es necesario darse cuenta de lo sucedido para poder reencontrar el verdadero sentido. Fabricarse un alma según sugiere, pues el darnos cuenta no nos viene garantizado por el mero hecho de nacer.

Recuerdo haber leído -en Campbell- que Santo Tomás de Aquino, aristotélico de pro, abandonó la redacción de su Summa Teológica tras una enfermedad, mediante y a partir de la cual tuvo una experiencia directa de la Suprema Realidad -entendida como Dios-. A partir de ahí, el inocente Tomás no quiso volver a escribir acerca de Dios, ni a tratar de encontrar caminos racionales que demostrasen sus existencia. Nos legó las Cinco Vías juiciosas que quieren probar Su realidad y después las dejó de lado, a favor de otra que no es lógica: la experiencia de lo divino. Así entonces, esta armonía, trastocada aparentemente por el hecho existencial, puede ser recuperada. Aunque el Hombre, empeñado en la localización de los problemas cotidianos, ocupado del ordenamiento de la economía, de la política, de la mente, de la seguridad personal, ha olvidado su auténtico origen y destino. Y en este olvido radica el fundamento de los problemas de la mente, incluidos los llamados psicológicos.

2.- Problemas psicológicos y karma. El pensamiento oriental, particularmente el difundido a través del hinduismo y sus variantes, parte de la premisa de que el Hombre, individual y colectivo, es consecuencia de sus actos pasados. Perls relaciona esta consecuencia con la estructura del argumento vital. Y, en esto, argumento tiene que ver con rigidez, con dificultad para adaptarse. Tanto el argumento como el hilo conductor de nuestro pasado-futuro pueden denominarse karma o destino. El pasado, como tal, está encaminado a un futuro, consecuencia de lo anterior. Por ello, la posibilidad de cambio está en el presente, mediante el trabajo para conocer la acción adecuada. Puesta en acción, la acción apropiada dará fruto y será germen hacia la realización o verdadera naturaleza. En definitiva, hacia la consecución del karma y por tanto, a no tener que “reencarnar” en nuevas y repetidas acciones neuróticas. Dicho en términos occidentales, a no dar origen a un nuevo ser atado por la pesadumbre de su pasado que, inevitablemente, se encamina hacia un futuro dormido y sin posibilidad de salir de la rueda del sufrimiento. Una transformación o adecuación del argumento vital, en términos de Perls. La posibilidad de terminar, o de cerrar, los círculos de experiencias pasadas -y pesadas- libera la energía hacia el presente. Podemos percibirlo en términos kármicos o en términos gestálticos.

En la medida en que nuestra experiencia de vida se adecua, o va adecuando, al presente, que no dejamos nuevos círculos sin cerrar mediante la atención al aquí y ahora, vamos logrando desenredar el karma y reorganizando el argumento de vida. Vida que es, en sí misma mutable y cambiante, y que precisa de este darse cuenta en cada instante. Un darse cuenta interno y externo. Siguiendo a Perls, lejano de la fantasía o “campo intermedio”. La vida entonces se convierte en un constante presente. En fluir con la experiencia sin juicio. Estamos cerca de percibir el Origen, el Ser.

Puedan los dos párrafos anteriores dar lugar, consecuentemente, a este tercero:

3.- Terapia y reencuentro con el origen. En ocasiones, me refiero al proceso de la terapia bajo el concepto de los tres segmentos. En el sentido de que, si el primero suele afectar a los síntomas, el segundo se refiere a los problemas/sustratos psicológicos profundos. Según modelos, orientaciones y terapeutas estos segmentos se trabajan coordinadamente o de forma separada.

Ahora bien, lo que quiero expresar es que antes, durante o después del proceso, en algún momento el fundamento más profundo de la terapia acaba siendo el encuentro con el Origen. Y que en ese olvido, negación o desvío se encuentra al problema esencial, la verdadera búsqueda de todo ser humano. En algunos se manifiesta más abiertamente que en otros. Pero siempre habrá de estar presente. Y cuanto más cercano esté el terapeuta/orientador de la experiencia propia, más inequívoca será la confianza en su paciente y más cercana la relación.

Salvadas las distancias que haya que salvar, el terapeuta-Virgilio puede llevar a su paciente-Dante a las puertas del Ser.

Miguel Albiñana

Publicado en psicoterapia | Etiquetado | Deja un comentario

Mas allá del trastorno del carácter I

“…¿Qué delito cometí contra vosotros naciendo? aunque si nací, ya entiendo qué delito he cometido, pues el delito mayor del hombre es haber nacido”

Calderón de la Barca (La vida es sueño)

Nacer conlleva un delito, o un pecado de origen. Pecado significa error, o equivocada percepción podríamos decir, parafraseando a Calderón. Puede que esta realidad a la que nacemos sea un juego de los dioses, “lilas” en la tradición hindú. Lo veamos por donde lo veamos, este nacer re-quiere regresar, morir.

En este transitar por la vida, observo el ya largo proceso de evolución del modo de percepción de la realidad, desde mis primeros pasos en la vida, también desde los iniciales episodios en la terapia. La ansiedad que ha guiado mis actos. La dificultad para permanecer en el presente. Ahora, cuando pienso en terapia, no asocio curación de enfermedad, sino ayuda para distinguir la evolución, el camino, el proceso. La enfermedad, mental o física, y sus síntomas pueden estar ahí para algo. No existen aislados del resto del organismo, sino en conexión. Pueden ser peldaños en la evolución, aún cuando traigan dolor. También pueden ahogarnos si no sabemos escuchar su mensaje. Así también lo descubro desde hace años en las personas que acuden a mí en busca de orientación. No pienso en enfermos, sino en extraviados, en perdidos; descaminados como Dante en la mitad de su ruta, antes de que Virgilio se le aparezca para guiarle en su Viaje a través de los tres mundos.

Observo los momentos de infelicidad, de sufrimiento, conceptualizados en psicología a través de palabras técnicas y determinantes: neurosis, ansiedad, angustia, desconexión, complejo, Edipo. Recuerdo en especial esas contestaciones, a veces, en los grupos, tras el trabajo, a la pregunta ¿cómo estás? Y la respuesta de “mejor”, “más tranquila”Casi nunca “bien”, o “serena” ¡Qué difícil alcanzar la plenitud! Y más todavía mantenerla. Pareciera que casi todos estamos abocados a estar “más o menos” -cuando no mal-, como si el estado de infelicidad, o de no total felicidad, fuera inherente a la existencia.

Las religiones y la psicología occidental moderna proponen dos vías aparentemente distintas y distantes para remediar la desdicha. Trato de vincularlas a mi manera. No poder estar apropiadamente en esta Tierra está en relación con el argumento mitológico del Pecado Original, en la tradición judeocristiana. O con el de la ignorancia, en el pensamiento oriental, además de muchos otros conceptos compartidos por mitologías diversas, como el castigo divino, o la expulsión de la casa de la Gran Madre o el regreso a Casa. Las religiones pretenden re-ligarnos. O al menos eso debieran, de no estar tan asociadas al poder político o a su propio poder. Lo cierto es que, ante la cercanía y posibilidad, o más bien probabilidad, o incluso certeza, de la llegada de la desdicha y de sus agentes, -conceptualizados según las corrientes como:“trabajarás con el sudor de tu frente”, “enfermedad, vejez, muerte”, “guerra santa”- los hechos religiosos pretenden enfrentarnos a buscar un remedio, si es que no una ayuda temporal, que nos permita conciliar la vida con alegría y optimismo, aun sabiendo que acaba en la inevitable tragedia que es la muerte. Incluso, para que la muerte no sea tan solo contemplada como una tragedia sino, principalmente, como una consecuencia de la vida y por tanto aceptable con serenidad.

También en el campo de la psicoterapia tradicional, se nos ayuda a afrontar este hecho de la decadencia y de la aflicción. La separación, el abandono que supone la pérdida de los seres queridos, el paso de los años y la más que probable no consecución de muchos deseos antes de morir, han de ser encarados con talante maduro. El tigre que pierde a su presa no se enfada, sino que toma aliento y se prepara para la siguiente. Hay pocas quejas en el mundo animal y están casi siempre encaminadas a pasar al siguiente capítulo. Recuerdo a las vacas de la finca de mi amiga Ana, que berreaban toda una noche al ser separadas para siempre de sus terneros. Transcurrido un tiempo regular, se alejaban del lugar en que fueron obligadas a desunirse de sus pequeños para seguir paciendo en los verdes montes de Ávila. Así como las plañideras de la antigüedad que, con sus llantos, provocaban una catarsis para liberar el dolor, aceptar la desgracia y poder continuar en la vida…-continuará-

Miguel Albiñana

Publicado en psicoterapia | Etiquetado , , | 1 comentario